14 de Diciembre de 2017

Opinión

San Romero de América, beato

A Francisco le ha tocado reconocer el martirio y beatificar al monseñor Oscar Arnulfo Romero.

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No se habrían atrevido al asesinato de monseñor Oscar Arnulfo Romero si no se hubiera hecho público previamente el desencuentro entre el humilde obispo de un país “Pulgarcito de América” con el Sumo Pontífice de la inmensa Iglesia Católica.

Pero Juan Pablo II, entonces Papa, se encontraba en plena cruzada anticomunista y ya había regañado, en vivo y a todo color, al sacerdote, poeta y ministro sandinista Ernesto Cardenal. Por eso no hubo ningún intento de guardar de la prensa su aval en la práctica a las autoridades salvadoreñas y su rechazo a la actividad de monseñor Romero en favor de ese pueblo pobre entre los más pobres, cuyo acompañamiento, de ser un sacerdote tradicional, lo había convertido al Evangelio. Pero no se había vuelto guerrillero.

Un bastante cerril anticomunismo papal hacía confundir la realidad de su pueblo polaco con la realidad sufrida por los pueblos latinoamericanos que, en El Salvador, llegaba a niveles auténticamente de genocidio. Y, así, en la visita de monseñor Romero al Vaticano, le ordenó que se estuviera quieto y no anatematizara al ejército represor. No quiso oír más y trascendió que lo abandonaba a su suerte.

Pero, por más desautorizaciones pontificias y del episcopado latinoamericano mayoritario, monseñor Romero no podía callar. Hubiera sido una traición a su pueblo y el peor pecado ante su Dios. Y pronunció, en su última homilía, la que fue su sentencia de muerte: 

“En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.”

Pasarían dos papas sin volver la mirada hacia el que ya era llamado San Romero de América. A Francisco le ha tocado reconocer su martirio y beatificarlo.

Un sacerdote yucateco que asistió a la beatificación, el padre Raúl Lugo, dejó en su blog “Iglesia y Sociedad” un testimonio de vida que estoy seguro comparte con otros presbíteros y por ello me siento obligado a transcribir: “La raíz misma de mi compromiso cristiano: la decisión de vivir mi fe y mi ministerio de presbítero siempre al lado de los pobres. Cuando me arrodillé en la capilla del hospitalito, justo frente al lugar donde Monseñor cayó abatido por las balas, renové ese amor del principio. Que san Romero de América me regale la fidelidad”.

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