Santiago Imán, el olvidado

El evento de autonomía es parte de nuestra historia. Santiago Imán no lo es. La historiografía oficial regional lo mantiene excluido...

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Encontré a Santiago Imán en una cita perdida de don William Brito Sansores; de inmediato, su figura de prócer olvidado me cautivó. La exigua información existente no correspondía a la importancia del caudillo militar que, con sus acciones independentistas, conformó en mucho el patrimonio histórico de Yucatán. Así que, con algo de verdad y una buena dosis de ficción, escribí la novela: El llamado de los tunk’ules. Medularmente, el propósito era exponer la vida de este hombre mítico y enigmático, que al frente de un ejército de campesinos, bandidos de mala calaña, románticos sin musas, desertores e indígenas mayas, proclamara en Zací (Valladolid), en 1840, la separación de la península de Yucatán de la hermana república mexicana. 

El evento de autonomía es parte de nuestra historia. Santiago Imán no lo es. La historiografía oficial regional lo mantiene excluido de la memoria histórica de los héroes vernáculos. Las razones son variadas, algunas de peso, otras conjeturas insidiosas plantadas en el ayer por ideólogos con visión de revancha. Militar degradado por desacuerdos con el centralismo, hombre blanco bilingüe, tizimileño acomodado, carismático en el trato con el lumpen, y con otros atributos que le permitieron movilizar las grandes masas de desarrapados, entre los que se encontraban los mayas. Su discurso no era estrictamente separatista, llevaba gran dosis reivindicativa sobre los derechos indígenas. Su promesa de acabar con el poder de la Iglesia que sangraba con obvenciones a los mayas lo convirtió en el caudillo del oriente. En su ejército liberador, los mayas aprendieron, además de montar a caballo, el uso de las armas de fuego. Esto no era permitido para los indígenas. De la transgresión surgió un verdadero movimiento indígena campesino, digno de estudiarse bajo otras vertientes. Imán en el pináculo del éxito, cuando voces le señalaban caminar a la gubernatura, regresó a su rancho en Tizimín. Su tropa de indígenas mayas ya no era de alumnos, se convirtieron en maestros de las artes bélicas, pelearon todas las guerras regionales, hasta que los odios acumulados apuntaron a los hombres blancos.

La guerra étnica no fue una secuela de la enseñanza de Imán, tarde o temprano la conflagración tenía que ocurrir. Culpar a Imán fue una excusa del pasado para proscribirlo. En el oriente, en Dzonot Tigre, Victoriano Huerta es perpetuado en una escuela, para Imán no existe placa, calle, escuela o paso peatonal que lo recuerde. Pregunto: ¿no será hora de perdonarlo, para que el capítulo histórico del evento separatista esté completo y nuestro orgullo como yucatecos también?

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