21 de Septiembre de 2018

Opinión

¿Semana Santa?

No son días para el festejo, sino para detenerse un poco a pensar, tratar de ser generosos con los bienes de fortuna y acudir en auxilio de quienes sufren carencias y enfermedades.

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Los noticieros de televisión nos llenan la mirada de espectaculares jóvenes –bellas ellas y apuestos ellos- celebrando en las playas a todo lo que da el vigor de su cuerpo y sin ningún límite a los excesos las “vacaciones de Semana Santa”. Uno de esos atléticos muchachos, español y rubio, dijo en  entrevista que llegó a Cancún “a pescar mujeres” y que “varias han caído”, mientras alrededor del entrevistado y el reportero pasaban cuerpos de infarto y manos armadas con bebidas.

A lo mejor soy un viejo amargado y no entiendo a los jóvenes que lo único que quieren es divertirse, pero no pude evitar un pensamiento negro mientras veía cómo las mujeres, con despreocupada actitud, le daban vuelo al alcohol, al baile desenfrenado, exponiendo sus turgentes protuberancias a la vista y el tacto, y muy dispuestas, según el testimonio de aquel blondo ibérico, a  ser cazadas y pasar un rato de placentero destrampe: ¿Se protegerán? ¿Con la mente obnubilada por el alcohol y las hormonas a punto de estallarles, se detendrán un momento a pedir que la pareja ocasional se ponga condón? ¿Cuántas y cuántos, tras esos días de orgía, vivirán años de arrepentimiento al ser víctimas del sida u otra enfermedad de transmisión sexual?

Y eso para no hablar de recato y alguna disposición moral. Porque la Semana Santa se llama así al ser los días dedicados por los cristianos a conmemorar el tránsito doloroso de Jesús hasta su muerte en la cruz (y este es un hecho histórico, no fantasías). No son días para el festejo, sino para detenerse un poco a pensar, tratar de ser generosos con los bienes de fortuna y acudir en auxilio de quienes sufren carencias y enfermedades. Y no sólo movidos por la fe –don del cual no todos gozamos-, sino por el egoísmo: las cosas no pueden seguir igual porque podemos ser víctimas de nuestros abusos y perder el estatus privilegiado que nos permite cometer excesos. Afortunadamente no todo está podrido en Dinamarca: hay jóvenes que dan su tiempo y su vida en beneficio de sus prójimos y  muchos de ellos no son ricos.

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