22 de Septiembre de 2018

Opinión

Si el Estado no puede, me defiendo yo

Si alguien llega a tu casa armado y con toda la intención de hacerte daño, no habrá manera de que la policía pueda aparecerse a tiempo para protegerte.

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Muchos de los personajes más populares de la vida pública en Estados Unidos (de América) —actores de soap operas, deportistas, cantantes y empresarios protagónicos— cacarean abiertamente su gusto por las armas de fuego.

Argumentan, además, que son absolutamente necesarias para su defensa personal y que la muy famosa Segunda Enmienda a doña Constitución que los faculta para comprar alegremente revólveres, pistolas, rifles automáticos y armas de alto poder es un derecho tan irrenunciable como legítimo. Se enorgullecen, pues, de vivir en un país donde las leyes te permiten ir a la tienda de la esquina y hacerte de un rifle de asalto sin mayores problemas.

Lo más curioso de esta devoción colectiva por artilugios diseñados expresamente para lanzar proyectiles que horadan y destruyen los tejidos vivos de otros seres humanos es que pareciera desconocer —o, por lo menos, desdeñar— el papel del Estado como encargado directo de brindar seguridad a sus ciudadanos (es más, su primerísima y más elemental función es esa misma, proteger a los individuos).

Descartada la capacidad de ese tercero para garantizar tu protección, te toca a ti la tarea y, para asegurarla debidamente, necesitas disponer de armas que, por lo general, suelen estar prohibidas en otros países donde, por el contrario, se presupone que la administración de la seguridad, como de la justica, le corresponde exclusivamente al Estado.

Aunque los habitantes de la apacible Confederación Helvética están armados hasta los dientes, según parece, fuera de Estados Unidos no existe otra nación democrática occidental donde los rifles y las pistolas ocupen tan predominante espacio en el imaginario colectivo y no hay tampoco otro país medianamente civilizado donde el culto a las armas esté tan desprovisto de un mínimo pudor.

No he encontrado nunca una fotografía de Alain Delon o de HughGrant, por nombrar a dos machos certificados que debieran ser naturalmente intimidatorios, manipulando un revólver en la sala de su casa ni posando con una Uzi pero el otro día, hojeando los diarios, miré una imagen de una actriz estadounidense esgrimiendo una imponente pistola mientras que su marido empuñaba, si es que se puede utilizar este verbo para describir la sujeción con ambas manos de pesados rifles de asalto, las otras armas que atesora la pareja en su dulce hogar. Aducían, ambos, que la posesión de estos mortíferos objetos garantiza su seguridad siendo que ella, en lo particular, se siente intimidada por seguidores que le envían mensajes amenazantes.

El razonamiento entraña una innegable verdad: si alguien llega a tu casa armado y con toda la intención de hacerte daño, no habrá manera de que la policía pueda aparecerse a tiempo para protegerte. Y, en este caso, el tema de tu defensa estará exclusivamente en tus propias manos. La diferencia es decisiva: vivir o morir. Se entendería entonces la provisión de tener armas en casa pero, justamente, en un país de gente armada las probabilidades de que se aparezca un tipo con una Beretta en tu domicilio son mucho más altas. Y, entre las naciones desarrolladas, en Estados Unidos es donde más gente muere por disparos de armas de fuego.

Y de que las cosas salgan mal no hablemos; Oscar Pistorius, al corredor que hasta hace poco era un héroe nacional en Sudáfrica, dice que mató a su novia porque la confundió con un ladrón. El tipo era también un adorador de pistolas y rifles. El caso es que quien no tiene un revólver a la mano no puede, por lo pronto, cometer tan desastrosos yerros. Pero no debe sorprendernos este trágico desenlace —suponiendo, desde luego, que el hombre no haya querido liquidar pura y simplemente a la mujer— porque tal es la naturaleza misma de las armas: hasta nuevo aviso, sirven para matar.

Más allá del debate que está teniendo lugar en nuestro vecino país, vienen a cuento estas consideraciones porque en México tampoco tenemos demasiada fe en que el Estado pueda socorrernos cuando nos atacan los criminales.

Sin embargo, no exhibimos nuestras pistolas en las entrevistas televisivas ni alardeamos de poseer un arsenal formidable en el bar de la casa. Lo que sí han hecho algunos mexicanos es organizarse en brigadas y grupos de autodefensa.

Y lo hacen en las comunidades más apartadas y más pobres del territorio nacional. Lo repito: no es asunto de exhibir rifles. Es mero instinto de supervivencia en una sociedad que no solo no cuenta con un Estado eficaz, sino que sabe de la escandalosa corrupción del aparato de justicia. No deja de ser tremendamente llamativa esta coincidencia entre quienes cuentan con un Estado fuerte y quienes viven en el desamparo. Unos y otros reclaman, desde los más apartados extremos, el derecho a defenderse con sus propios medios.

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