20 de Febrero de 2018

Opinión

Sobre la identidad yucateca (III)

Lo que nos lleva a otros rasgos identitarios que nos definen: la hipocresía y la doble moral...

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En el terreno de lo social, podría identificarse al yucateco como aquel individuo celoso de su cultura, que la defiende incluso en contra de toda lógica, aun cuando la desconoce cabalmente. Innumerables ocasiones he escuchado a paisanos henchirse de un orgullo cimentado en falsas creencias o mitos populares, incapaz de profundizar en su propia historia y de analizar de manera crítica el porqué las cosas, pues cree a pie juntillas todo lo que le han enseñado por generaciones.

Nunca falta el que presume la autoría de la guayabera como plenamente peninsular, cuando sabemos que es de origen cubano. Tampoco el que habla de las bondades del kibi -de origen árabe y similar al kebab-, o del yucatequísimo queso relleno, cuyos ingredientes son el queso holandés tipo Edam, aceitunas y alcaparras, propios de la gastronomía peninsular, la de España.

Si bien el modo de preparar los anteriores platillos nació en Yucatán, el ejemplo sirve como metáfora para resumir el modo de ser y hacer de lo yucateco: un xek, una mezcla que abreva de diferentes latitudes y que las incorpora dentro de la suya, dando como resultado un sincretismo cultural orgánico y siempre mutable que hoy día percibimos como inamovible.

Esto último se debe a que, cerrado como es, el yucateco se resiste a cualquier cambio que considere alterará su estilo de vida –aunque sea para bien-, ya que históricamente ha sido separatista, lo que ha devenido en una lamentable xenofobia hacia todo lo de fuera, hacia lo diferente, hacia cualquier cosa que se salga de la norma, aunque ésta esté construida sobre castillos en el aire, donde el único dogma no es vive y deja vivir, sino vive y haz de las tuyas sin que la sociedad se entere.

A pesar de que insistimos en que todo lo de fuera es nocivo, haríamos bien en comenzar a aceptar que hasta la fecha ha sido todo lo contrario y que la identidad yucateca no puede concebirse sin la influencia de propios y extraños, compuesta por elementos que poco a poco hemos asimilado para hacerlos nuestros, pero con un pecado imperdonable: olvidar su verdadero origen.

En este sentido, los yucatecos somos malagradecidos. Las calles y monumentos de Yucatán están llenos de nombres de ilustres “fuereños” que el tiempo ha olvidado, que llegaron a aportar y a mejorar el entorno de lo “yuca”, no sin encontrarse con cierta resistencia y con la injusticia del desdén popular, que achaca todos los males endémicos a la perversa inmigración extranjera y nacional. Lo que nos lleva a otros rasgos identitarios que nos definen: la hipocresía y la doble moral a la hora de mirar nuestro reflejo imperfecto.

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