21 de Septiembre de 2018

Opinión

¿Somos o nos hacen?

La reputación es importante para los mexicanos, tanto más que la vida que da sustento a la misma.

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La reputación es importante para los mexicanos, tanto más que la vida que da sustento a la misma. Esta imagen implantada en nuestro hombro, y que nos acompaña tanto si nos gusta o no, hoy en día es aún más vital gracias a las redes sociales. 

Hace mucho tiempo, la vida real llenaba los espacios en la red. Conocer sobre el estilo, las costumbres y problemas verdaderos de “x” usuario en cualquier parte del mundo, fascinaba mucho más que conocer hoy día lo que “twittean” los personajillos de moda. Digamos… unos quince años atrás, la imagen “online” se consideraba una falacia, un ente sin forma real que sólo servía para causar desmanes en el viejo internet, o como fama propia de los “nerds” o “geeks” de la computación. 

Con la popularización de la red de redes, esta reputación inventada se transformó en un adjetivo más importante incluso que el típico “chaparro”, “alto”, “flaco” o “gordo”: nuestro desempeño en Twitter y Facebook ahora nos antecede, toma ventaja y causa la verdadera primera impresión en nuestro interactuar ante la sociedad global o comunitaria. Hoy día, ya no somos “nosotros y nuestras circunstancias”, sino “nosotros y lo que los usuarios creen que son nuestras circunstancias”. 

Positivo o no, somos víctimas de nuestra forma de conducirnos en la antiguamente llamada “supercarretera de la información”. Nuestra reputación en línea es ahora la imagen que cargamos en el hombro, como un perico de pirata: habla por nosotros cuando quiere, sin que tengamos completo control sobre él. ¿Por qué? La respuesta es fácil de intuir: porque nos gusta ser lo que no somos, porque al mexicano le encandila ser un personaje antes que si mismo. 

Todos sabemos que detrás de cada “tweet” hay un deseo de figurar o trasgredir. Pensemos un poco más y encontremos en nuestros actos “online” un poco de esa necesidad. Así es, nos agrade o no, hasta el más normal de los usuarios anhela el reconocimiento por sus actos, cualesquiera que sean; tiene el ferviente anhelo de que su imagen ante los otros “cibernautas” sea notoria y digna de ejemplo. 

Lo interesante de esto es que las redes sociales nos permiten tener más de un perico en el hombro. El relativo anonimato permite diversificar nuestra personalidad, dosificarla respecto al público al que deseamos llegar, y como coloquialmente se dice, ver cual es chicle y pega para adherirnos a ella y sacarle provecho hasta que una nueva tendencia o idea nos lleve a otro personaje. 

Este curioso fenómeno explica –en parte-, porque los blogs y cuentas personales cada día son menos populares. ¿Vende acaso en Twitter la historia de vida de un “cancunense más”? ¿Nos resulta atractivo conocer las peripecias de un ciudadano de a pie que no tiene más pretensión que vivir? Desafortunadamente no. El morbo –muy mexicano- se deleita con los escándalos, la provocación y la ironía exagerada sobre la vida, como si en no fuera ésta ya lo suficientemente cruel y complicada. 

Bajo la óptica planteada, ¿no cree usted que hoy más que nunca estamos a merced de todos, menos de nosotros, o que nuestros actos son relativamente de poca monta, comparada con la imagen que crean de nosotros quienes nos leen en la red? 

Pensándolo bien, la cara con la que saludamos al mundo todas las mañanas desde nuestros teléfonos inteligentes no es realmente nuestra, sino la que nos impone el número de “likes” que una foto o publicación nuestra consigue, y que de un día para otros, nos hará cambiar el gesto, con tal de seguir disfrutando de esa reputación, muchas veces, contraria a quienes somos en realidad. 

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