16 de Diciembre de 2018

Opinión

Tan sencillo como demoler 'todo' Acapulco Diamante

México se ha vuelto un país muy complicado de gobernar. O mejor dicho, de arreglar.

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Un país de desastres consumados es todavía mucho más vulnerable a las catástrofes naturales, como esas tormentas que nos acaban de embestir por los dos flancos de la geografía nacional, o las artificiales, como la suspensión de las clases para millones de niños en los territorios sojuzgados por unos “maestros” que más valdría que nunca hubieran puesto los pies en un aula.

Lo de “desastres consumados” se refiere a todos aquellos hechos que no tendrían que haber acaecido si México fuera una nación ordenada y respetuosa de las normas en vez de ser ese espacio de rapiñas, depredaciones y despojos donde se han permitido toda suerte de anormalidades, desde la edificación de urbanizaciones en zonas de alto riesgo hasta la destrucción de los bosques de niebla, pasando por la expansión desmedida de unas ciudades sin jardines ni parques y la brutal contaminación de nuestros ríos, auténticas cloacas repletas de nociva inmundicia.

Y no sólo estamos pagando las consecuencias ahora, con las tormentas diluvianas que afectan los litorales y tantas zonas del interior —un fenómeno que no podemos controlar y que, visto el advenimiento del famoso cambio climático, habrá de ser más frecuente (o sea, cada vez más devastador)— sino que habremos de cargar con el peso de los antedichos desastres consumados por generaciones enteras porque, ustedes verán, así como es de irreversible la realidad de esos fraccionamientos que se inundan porque ocupan el antiguo cauce de un río o de esas viviendas sobre las cuales puede desgajarse un cerro a las primeras de cambio, así también podemos preguntarnos quién va a dar marcha atrás a las otra plagas nacionales, a saber, el corporativismo, las políticas clientelares, la corrupción, la ruina educativa y la podredumbre del aparato de justicia.

El paralelismo entre una cosa y otra es apabullante: Acapulco Diamante —casi una ciudad entera construida, según parece, en zonas de manglares poco propicias al levantamiento de casas y edificios— es una manifestación de lo irremediable (digo, a menos que lleguen cuadrillas enteras de demolición y lo destruyan todo, pura y simplemente; algo, dicho sea de paso, que tendría ocurrir en muchísimos lugares del territorio nacional) tan visible como la existencia de miles de policías corruptos que colaboran directamente con los delincuentes y a los cuales no habría manera, en la práctica, de encontrarles otra ocupación si es que se les aplicaran exámenes de confianza y que fueran destituidos. 

La pregunta —¿qué hacemos con ellos?— es exactamente la misma que surge en el caso de los barrios edificados en franjas peligrosas. ¿Se pueden demoler y reubicar zonas enteras de nuestras ciudades? El costo es astronómico. ¿Se puede echar a la calle a un policía deshonesto sin que se convierta, en automático, en un delincuente (sin uniforme)? 

Aquí también es un tema de números: faltarían cárceles para recluir a toda esa gente (suponiendo, alegremente, que la justicia hiciera su trabajo, es decir, que las averiguaciones previas estuvieran bien “integradas”, que la culpabilidad fuera demostrada fehacientemente por una Policía Científica, que los jueces dictaran las sentencias con pleno conocimiento de causa, etcétera, etcétera).

Me pregunto, de la misma manera, qué tan fatalmente irremediable es la existencia de un cuerpo de presuntos profesores tan capaces de abandonar a sus alumnos y de exhibir un comportamiento que está en las antípodas de lo que se espera de un maestro. 

La figura ejemplar que trasmite conocimientos no es precisamente la de esos manifestantes toscos y rencorosos, sin civismo alguno, que cierran el paso a los viajeros, que provocan pérdidas millonarias a los comerciantes y que, al desalojar sus astrosos campamentos, dejan las calles repletas de basura. 

¿Esos son los que van a trasmitir los valores a los niños de México, los que les van a enseñar a no tirar el envase de la maldita bebida azucarada en la mitad de la calle?

Vendrán más lluvias. ¿Qué hacemos con los poblados que ya están ahí, en las zonas de riesgo? Comenzarán otros años escolares. ¿Cuántos días de clases perderán los niños de Oaxaca en 2014? Se depurarán los cuerpos policiacos. ¿Adónde irán los policías despedidos? Se reformará Pemex. ¿Cómo se desmantelará la intrincada red de intereses que desangra ahora a la empresa?

México se ha vuelto un país muy complicado de gobernar. O mejor dicho, de arreglar.

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