19 de Noviembre de 2018

Opinión

Tecnocracia y política

La crítica quisiera del Presidente una propuesta como si no hubiera una complicada negociación parlamentaria.

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La propuesta del presidente Peña Nieto de reforma hacendaria sorprendió por su contenido y orientación. Prácticamente todos anticipaban una iniciativa alineada al paradigma económico dominante. Elevar la carga impositiva a la base mayoritaria de contribuyentes, en el contexto mexicano, se llama IVA a medicinas y alimentos, tema que ha dominado el debate fiscal por mucho tiempo. 

Otra premisa más que se aparta del dogma: la iniciativa vincula el tema del ingreso y el gasto con una orientación social. La propuesta dejó fuera de base a muchos, particularmente a la derecha asociada al sector empresarial y a la izquierda contestataria dirigida por López Obrador.

Desde el inicio la élite se ha equivocado con Peña Nieto. A pesar de los buenos resultados que le acompañan, se le ha regateado talento y habilidad en lo político y en el ejercicio del poder. Se equivocó la profesora Elba Esther y se han equivocado los que creían que tendrían un trato privilegiado. 

Con tiempo, el Presidente dijo que él, como jefe de Estado, no tenía amigos; es claro que la investidura tampoco permite enemigos. La claridad de su responsabilidad le permitió negociar un acuerdo con las oposiciones; lo pudo hacer porque hay autenticidad en el propósito, como lo constatan sus interlocutores de la oposición, a pesar del enojo de quienes no están en la mesa de los acuerdos, particularmente López Obrador y el ex presidente Felipe Calderón y subordinados.

Por primera vez, la tecnocracia está al servicio de la política en la presentación de la propuesta oficial de una reforma hacendaria. Ocurre así por el carácter y perfil de quien es uno de los colaboradores más cercanos al presidente Peña Nieto, el secretario Luis Videgaray. 

Por origen, trayectoria y formación el doctor Videgaray es caso de un político con una formación técnica sólida. Sus expresiones muestran el cuidado de formas que la política impone y el rigor de argumento de la disciplina económica.

En fin, el presidente Peña Nieto pudo articular una propuesta que muestra equilibrio entre la posibilidad que da la política en una circunstancia de gobierno dividido y la del avance que requiere el país para incrementar los ingresos y modernizar su estructura fiscal y orientación del gasto público. 

La crítica quisiera del Presidente una propuesta como si no hubiera una complicada negociación parlamentaria y un mandato político y compromiso con el partido que ganó el poder, algo que es muy común que la tecnocracia subestime o ignore. Capítulo adicional es la habilidad con la que se ha tratado a la disidencia y el entendimiento que existe con las autoridades del DF. Por el día de ayer queda claro que el secretario Osorio, Luis Miranda y el doctor Mondragón convalidan la confianza que les ha depositado el Presidente.

La reforma no es perfecta, pero es profunda y, sobre todo, es viable para aprobarse en el Congreso y en el Constituyente Permanente. El desencanto, si se puede llamar así, viene fundamentalmente de quienes esperaban una propuesta dominada por un criterio tecnocrático. 

No sucedió así por razones políticas e ideológicas del grupo gobernante y, también, por dos consideraciones propias del político no del tecnócrata: obtener los votos parlamentarios para su aprobación y, especialmente, la situación que vive el país por la coyuntura económica adversa y también por algo más fundamental: la enorme desigualdad en el ingreso y la riqueza, realidad, no mito genial.

Una reforma con apego tecnocrático no hubiera prosperado y si en el remoto caso que el Poder Legislativo la hubiera dejado pasar, habría enfrentado un profundo y generalizado rechazo por amplios sectores de la población en el abandono y en la marginalidad. Sería un error elemental una reforma que gravara a los pobres. Las palabras del presidente en la presentación de la iniciativa así lo consigna y por ello se inclinó por una propuesta con contenido social.

El debate también muestra la inclinación de la derecha mexicana a que el gobierno les haga el trabajo. No se ocupa ni de defenderse; no abonó razones que influyeran para hacer valer su perspectiva, simplemente esperó que el gobierno les hiciera la tarea y presentara una propuesta a modo y que los legisladores en automático la aprobaran. Ahora, ya con un consenso político mayoritario en casi todos los temas de la reforma, difícilmente podrá revertir su contenido en lo que más le afecta.

La reforma hacendaria facilita la de energía. La exitosa aprobación de la reforma educativa en todas sus instancias abre camino y genera confianza a la política, desmintiendo la crítica propalada por analistas sobre el supuesto error de acumular agendas. 

La tecnocracia mantiene el lugar que le corresponde, servir a la política y dar razón y camino a la voluntad general. Efectivamente, la tecnocracia vale mucho cuando está al servicio de la política.

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