22 de Septiembre de 2018

Opinión

Tener paz, tener bienes

Los hombres en las sociedades ultramodernas luchan denodadamente por mantener la paz de su espíritu.

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La mayor parte de los seres humanos vivimos en sociedades frenéticas en las que la velocidad de los cambios a los que nos vemos sometidos es brutal. Para sobrevivir en esta jungla nos hemos tenido que adaptar no sólo a los cambios vertiginosos, sino a vivir permanentemente con el acelerador hasta el fondo para poder reaccionar con rapidez a todas las demandas que nuestra civilización establece. 

Casi todo lo que tenemos pendiente de realizar hubiera sido mejor hacerlo ayer, vivimos no sólo bajo la demanda de la velocidad sino de la inmediatez. Todo lo que nuestra vida moderna nos exige lo quiere para ahora, para este momento, para hoy.

Sin duda una gran parte del éxito del ser humano como especie es su capacidad de adaptación a los cambios, la distribución de la humanidad sobre el globo terráqueo nos lo demuestra; el ser humano se encuentra prácticamente en toda la faz de la tierra. Esta conquista de todos los rincones del planeta requirió de milenios y se fue dando por medio de un lento proceso hasta llegar a completarse. 

Los ritmos de vida de las diversas culturas humanas eran relativamente pausados hasta que el advenimiento del desarrollo tecnológico acabó acelerando todo. Así como la tecnología potenció el desarrollo de la calidad de vida e inundó a las civilizaciones desarrolladas de gran cantidad de satisfactores materiales, también las sometió a un ritmo de desarrollo meteórico nunca antes experimentado.

El ser humano se vio ante una aceleración de su mundo exterior y material inédita, mientras en su interior intentaba mantener la tranquilidad, la pausa y el sosiego, que emocional y psicológicamente le son necesarios. Los hombres en las sociedades ultramodernas luchan denodadamente por mantener la paz de su espíritu y la tranquilidad de la mente que les permitan conservar la cordura ante un ritmo de vida cada vez más acelerado.

El interés que demostramos por contar cada vez en mayor medida con toda la serie de satisfactores materiales que la tecnología nos permita tener es uno de los principales motivos para perder la paz interior. Ya Erich Fromm nos había señalado esto al enfrentarnos a la cuestión: ¿ser o tener? Aseguraba que la persona que sólo tiene como objetivo poseer cosas acabará convertido en un objeto más; reduciendo su actividad humana a poseer objetos terminará convertido en un objeto más, despersonalizado y cosificado.

Según Fromm, para ser es necesario contar con independencia, libertad y una razón crítica, a todo esto habría que aunar una fuerte actividad interna de la persona, en la que le es necesario ir potenciando y desarrollando todas sus capacidades para poder en verdad llegar a ser todo lo que puede ser y no terminar secuestrada por el afán desmedido de poseer cada vez más.

Si el ser humano acaba reduciendo su vida a la acumulación de posesiones materiales, está pervirtiendo su humanidad, ya que la reduce a un aspecto de todo lo que es humano. No es posible negar la importancia de los satisfactores y bienes materiales para todos nosotros, pero tampoco podemos reducir la vida humana al simple proceso de acumulación de satisfactores. Si dedicamos la vida y las energías sólo a esto, estaremos negando toda la riquísima vida interior que cada uno de nosotros tiene.

Peor es cuando esta ansiedad de posesión y de acumular acaba secuestrando la tranquilidad de nuestros días y nos sometemos a la tiranía del tener, ahogando nuestras posibilidades de ser en un mar de materialismo, que si bien nos dará mayores satisfactores, no nos podrá proporcionar la paz interior, la calma, el disfrute emocional y psicológico de convivir los unos con los otros.

La persona no es un ser compuesto de dos partes, la material y la inmaterial; es más bien la unidad integrada de estos dos aspectos, ambos le son indispensables, ambos forman parte esencial de su naturaleza y es por ello que los dos  se deben desarrollar y ser atendidos con igual importancia; en el equilibrio a la atención de ambos aspectos se encuentra la clave para desarrollarnos adecuadamente. 

Si acabamos cediendo ante una sociedad de consumo que nos impulsa a acumular cada vez más, corremos el riesgo de olvidarnos que no somos únicamente materia y que nuestra humanidad es mucho más que eso y es en ese olvido donde acabaremos reducidos a una posesión más, a una cosa más que habremos acumulado en el inmenso bodegón de nuestras pertenencias.

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