24 de Septiembre de 2018

Opinión

Todavía… siempre: Conchi León

La muerte misma aparece como personaje, siempre presente entre las sombras para recordarnos que es cercana e ineludible.

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A Elsy Vera Santamaría, presente aún en la distancia...

Por motivos de turismo cultural –siempre es así–, tuve la oportunidad de ver la obra “Todavía… siempre” de la compañía Teatro de ciertos habitantes en el Teatro Benito Juárez del D.F., dirigida por Claudio Valdés-Kuri y con dramaturgia de la yucateca Conchi León.

La obra versa sobre temas como lo son la muerte, la vejez, el amor y la espera, desde el punto de vista social y filosófico, pues el texto en algunas partes cita fragmentos del “Libro tibetano de la vida y la muerte”. El montaje se basó en experiencias de la propia madre del director, engarzadas con las profundas reflexiones de la dramaturga, que supo equilibrar ciertos pensamientos sombríos con momentos jocosos llenos de esperanza y alegría ante las vicisitudes que nos presenta la vida cuando se aproxima su final.

La premisa es sencilla: una anciana mujer en sus 80 años se presenta para contarnos que, sabedora de que la muerte se aproxima, espera reunirse con su amado esposo ya fallecido quien le prometiera aguardar por ella en ese umbral desconocido que es el de la otra vida.

A partir de esto nos va relatando de manera jovial y con un cierto dejo de melancolía, lo que representa ser una persona en la tercera edad que aún antes de desaparecer físicamente experimenta una especie de muerte social al verse desdeñada y subestimada incluso por sus propios hijos, un destino que desgraciadamente es un mal común en la sociedad mexicana, tan pródiga en valorar la juventud por sobre la experiencia que sólo los años pueden otorgar.

Así transcurre la obra en donde incluso la danza y el canto se conjugan como alabanza a la vida. El montaje resulta fresco, pues la cuarta pared es inexistente desde un principio, lo que obliga –literalmente– que el espectador se vea involucrado.

La actriz Tara de la Parra ofrece una actuación soberbia, pues su presencia y dominio escénico empatizan con el público estableciendo cierta complicidad, lo que se retribuyó en forma de numerosas risas y aplausos. Si acaso mi único reproche sería que por momentos el texto se tornó un poco largo y reiterativo al volver sobre los mismos tópicos durante el cuasi-monólogo de la actriz. 

La muerte misma aparece como personaje, siempre presente entre las sombras para recordarnos que es cercana e ineludible. La escenografía fue sobria, dando oportunidad de que los recursos de iluminación acentuaran los matices anímicos de la puesta. Finalmente debo agregar que fue un placer ver el trabajo de unos paisanos en la capital (pues también participó Oswaldo Ferrer). Ojalá podamos ver esta obra en Yucatán.

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