21 de Septiembre de 2018

Opinión

Todo sobre León

Lo triste de lo relatado se va dosificando con momentos cómicos aderezados por historias dignas del realismo mágico yucateco.

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Una vez más las luces del proscenio se apagan. Corro la cortina apenado, pues he llegado tarde. Me indican un lugar y me siento, ansioso por ver una obra de teatro de la que me han hablado mucho, y es que a casi un año de su estreno al fin tengo  la oportunidad de ver “Cachorro de León”, obra unipersonal escrita y actuada por Conchi León Mora.

Una silla, una mesa, un taburete y un autoestéreo con bocina completan la escenografía mínima, a la par de otros objetos que la actriz va utilizando como recurso metafórico para llevarnos por sus agridulces recuerdos de infancia. Conchi comienza hablando de su padre y de su madre –que es cosa aparte-. Su padre, un camionero hijo de un payaso criado en el vagón abandonado de un tren, se nos presenta como un individuo alcohólico y violento, desobligado a ratos, protector en otros. Todos estos matices nos va describiendo a través de anécdotas duras, descarnadas, salpicadas de un humor que en muchos casos no da risa ante lo fuerte de lo retratado.

Un plástico juego de té que se avienta contra el piso, el retrato y la voz de Pedro Infante, todas son imágenes que evocan una niñez difícil, temerosa del progenitor, al cual se odia pero no se puede dejar de amar. Lo triste de lo relatado se va dosificando con momentos cómicos aderezados por historias dignas del realismo mágico yucateco, donde personajes inverosímiles pero reales hacen su aparición: El pulpo, El plateado y El picapiedra toman su lugar en el imaginario de la actriz que los va haciendo inolvidables para el público que, atento, sigue sus peripecias y sinsabores.

Tras las sonrisas se esconde ese extraño sentimiento de desasosiego donde uno intuye que todo está mal, que lo que estamos presenciando no pertenece al terreno de la ficción teatral, sino que desgraciadamente es el pan de todos los días, en especial en Yucatán, donde el alcoholismo es el número uno a nivel nacional y la violencia intrafamiliar queda en un cercano tercero. 

Y la actuación de Conchi acentúa esta sensación por sincera, por confrontar sus propios demonios internos de la manera en la que sólo un artista puede: mediante el arte mismo. Ella se molesta, grita, patalea y llora, como una niña que ya es mayor y que utiliza al teatro como vehículo de catarsis emocional. 

La acompañamos con nuestra atención y empatía, porque no podemos menos que conmovernos con lo presenciado, aunque muchos quisiéramos que no fuera real. Al final, es inevitable que reflexionemos en torno a nuestras experiencias formativas, aquilatando los puntos en común y las afortunadas diferencias. No por nada el subtítulo de la obra es “Casi todo sobre mi padre”, pero a ella es a la que vemos desnuda, porque no niega su cruz y la carga con todo y nombre. Se apagan las luces, terminamos de ver todo sobre León.

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