24 de Septiembre de 2018

Opinión

La trampa de la vanidad

La milenaria historia de Narciso nos previene contra la vanidad, el orgullo, el exagerado aprecio de sí mismo..

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A través de los siglos nos llega la historia de Narciso: con una gran presencia, porte y destacada imagen de belleza, las doncellas quedaban prendadas de su apostura. El, seguro del efecto que causaba en ellas, las despreciaba, así sucedió a la ninfa Eco que, viendo la ilusión de su amor cruelmente rechazada por Narciso, terminó refugiándose en una cueva en la que permaneció en sufrimiento continuo por el rechazo; consumida por el dolor, al final sólo habría de quedar su voz.

Némesis, la diosa de la venganza, con engaños condujo a Narciso hacia un arroyo, en donde cayó hechizado bajo los efectos de su propia imagen. Enamorado de sí mismo y ante el terrible tormento de ser incapaz de dejar de contemplarse a sí mismo, frustrado por no poder tocar toda la belleza que veía en el agua, ni poder satisfacer su deseo, se lanza a las aguas en las que fallece; es entonces que surge en el lugar de su muerte una flor que lleva su nombre.

La milenaria historia de Narciso nos previene contra la vanidad, el orgullo, el exagerado aprecio de sí mismo y el maltrato hacia quienes nos rodean. Es enfermizamente común que el ser humano, presa de la vanidad, siga los pasos de Narciso. Lo que comienza por ser un aprecio de nuestras cualidades termina siendo un enfermizo canto a nuestro ego, convenciéndonos de que nadie es más bello, más inteligente o más poderoso que nosotros y no solamente que somos todo eso, sino que además lo merecemos por encima de todos los demás mortales.

Así la vanidad de nuestras virtudes oprime el cuello de la verdad, sofoca y acaba asfixiando a la realidad que terminamos suplantando por nuestra voluntad, único parámetro de verdad que acaba aceptando nuestra confundida mente en el incesante deseo de satisfacer nuestra voluntad, engañándonos con miles de razonamientos que intentan pálidamente legitimar nuestros arbitrarios caprichos.

Ahogamos en esta vanidad el matrimonio cuando no sólo nos erigimos como seres superiores a nuestra pareja, sino que además magnificamos sus defectos como método para sobresaltar nuestras virtudes, sojuzgándola por creernos poseedores de dos céntimos más de belleza física, riqueza o inteligencia; de esta manera, embebidos en nosotros mismos, vamos envenenando día a día las aguas que, destinadas a dar vida a nuestro matrimonio, acaban conduciéndolo a la muerte.

Vanidosos son los padres que, sintiéndose superiores a sus hijos, se los hacen saber con refinada crueldad, mientras cantan himnos a su propio sacrificio desperdiciado por la incompetencia de los hijos, cuando reiteradamente les hacen saber que jamás alcanzarán los grados de preparación, sabiduría o refinamiento que ellos como padres poseen; generando hijos descalificados e inseguros, acaban lanzando al mundo seres humanos sin aprecio por ellos mismos, cadáveres rechazados y despreciados en peregrinación al infierno.    
  
Esta misma vanidad es la que entre los hijos mata la hermandad y entre amigos acaba con la camaradería, cuando, como Narciso, seducidos por nuestros dones, negamos los de los demás, triste destino solitario de quien esforzado por negar la dignidad y el derecho del que tiene enfrente acaba auto nombrándose el becerro de oro al que todos han de adorar.

Vanidad que produce en el trabajo individuos sin escrúpulos, adoradores y ansiosos del poder, aquellos para quienes la única voz que vale la pena ser escuchada es la suya propia; ciegos ante la realidad ajena, niegan la virtud de todo aquello que no sale de ellos mismos; despóticos y engreídos, aún se atreven  a hacer suyos todos los éxitos y por supuesto de los demás todos los fracasos.

Todas estas conductas en el matrimonio, la familia, entre hermanos o amigos y en el trabajo nos roban la humanidad, impiden la convivencia, nos tornan profundamente soberbios, tristes remedos de un ser todopoderoso pero con los pies de barro, engañados por nosotros mismos acabamos dirigiéndonos, como Narciso, al suicidio emocional y espiritual, en la más absoluta y descarnada soledad, aquella del que rechaza a todo aquel que debería amar.

Recordemos aquello que mencionaba José de San Martín: “La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. Por ello, para bien nuestro y de todos, sería mejor tener presente lo que acertadamente aseguraba Andrew Carniege: “El secreto de mi éxito fue rodearme de personas mejores que yo”. En nuestras manos está elegir la opción que queremos.

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