13 de Diciembre de 2017

Opinión

Un dinosaurio con “smartphone”

A pesar de la petulancia que los candidatos demostraron hacia las redes sociales durante sus campañas, es un hecho que fueron de utilidad...

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A pesar de la petulancia que los candidatos demostraron hacia las redes sociales durante sus campañas, es un hecho que fueron de utilidad, sino positiva, sí negativa y en pro de los intereses de sus partidos. 

Algunos utilizaron los medios digitales para vagamente hacer llegar sus propuestas, otros (porque no fueron los mismos de siempre) siguieron la política de la “línea” y “cargada”, y aunque los institutos intentaron deslindarse de estos movimientos, lo cierto es que dentro y fuera de la red, la política mexicana no se mueve sin el consentimiento de las dirigencias, y como el líder de uno de ellos afirmó, la reciben con agrado, pues les da publicidad gratis.   

En Quintana Roo, la izquierda dejó mucho que desear respecto al trabajo en la web. Otrora combativa, naufragó o navegó sin rumbo durante la campaña, ajena a la relativa juventud de sus candidatos, quienes no supieron aprovechar las “bondades” digitales y se constriñeron a un proselitismo tradicional. La derecha no fue ni tanto mejor, hecho que también es de extrañar dado que su nicho de votantes tiene pleno conocimiento sobre estos medios.  

La nota de esta jornada electoral que aún no concluye la dieron no los partidos, sino los hechos que los orbitaron. Siguiendo con la línea “tradicional” de ciertos institutos, las “propuestas” de los candidatos estuvieron acompañadas de ataques virales en Twitter, páginas falsas de Facebook atacando a los partidos y personajes opositores, el actuar funcionarios menores y las hordas de  “bots”. 

Todo esto es una muestra de cómo en la realidad, las redes sociales partidistas mantienen la imagen y costumbres tradicionales de sus institutos, además de ejemplificar otra de las muchas razones por las que estas herramientas de intercambio de ideas son pervertidas por el uso poco adecuado que le dan los partidos. 

No significa esto que la institucionalización del movimiento interno sea intrínsecamente errónea, pero la forma en que como los usuarios identificados buscan la promoción del voto en base a la “cargada” digital, demuestra mucha resistencia no sólo al cambio, sino al respeto mínimo hacia sus honestos seguidores dentro y fuera de las redes sociales. 

Lo singular de la campaña quintanarroense es que los principales ataques mediáticos no fueron contra los aspirantes, sino contra periodistas y otros personajes de tinte opositor a las autoridades; situaciones que llegaron, incluso, a graves acusaciones falsas por violación y ataque a menores de edad, hechos que a pesar de ser falaces, fueron dados por ciertos por “medios electrónicos” de reciente creación, y lo que es aún peor, por consolidados diarios y revistas estatales, siguiendo, al parecer, la misma línea que los “bots” en Twitter. 

Desafortunadamente, la maniatada ley no permite tildar a estas situaciones digitales como delitos de índole electoral, dejando la situación entre lo cómico, en el caso de las páginas falsas; anecdótico, las respuestas “machote” de los ataques en Twitter; y desdeñable, referente a las acusaciones contra periodistas. 

Estos hechos en la red evidencian el poco poder de la autoridad electoral local para darse cuenta del uso político –para mal- que se le da a las redes sociales en el Estado, situación que parece inexplicable dado los sonadísimos casos a nivel nacional por las prácticas “verdes” durante la campaña. Es triste darse cuenta que, al menos en Quintana Roo, los partidos sólo utilizan la red para perpetuar las prácticas “dinosáuricas” en contra de sus opositores, y que estos, no sepan defenderse. 

La lección electoral

Sobre los artistas y deportistas que “twittearon” a favor de los “verdes” justo el día de la elección, la cuestión a tratar no es sobre coartar su libertad de expresión, como ellos y su jefe reclamaron al Instituto Nacional Electoral, sino señalarles el dolo y oportunismo con que la ejercen, y peor aún, creyendo que sus seguidores son tan estúpidos como para no darse cuenta. 

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