24 de Septiembre de 2018

Opinión

¿Una guerra perdida?

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), las grandes empresas que producen comida chatarra invierten 47 mil millones de dólares...

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Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), las grandes empresas que producen comida chatarra invierten 47 mil millones de dólares en publicidad cada año en todo el mundo, lo que lleva a un punto central: no se puede competir contra semejante monstruosidad, a menos que como padres de familia, entendamos que el estado actual de cosas sólo nos está llevando a la muerte.

Palabras muy fuertes podrían decir, pero las proyecciones de los especialistas en salud, señalan que el primer factor que hace perder años y provoca discapacidad es la dieta; es decir, la mala alimentación es la primera causa mundial de mala salud, muerte prematura y años perdidos.

Los alimentos procesados que vienen en paquetes no tienen valor nutricional, la mayoría genera enfermedades crónicas que en pocos años llevará a los sistemas de salud a gastar miles de millones de dólares para tratar padecimientos que podrían prevenirse. De la obesidad y el sobrepeso, se generan enfermedades como la diabetes y la hipertensión arterial, con consecuencias fatales para quienes las sufren.

Ante el multimillonario negocio de las empresas transnacionales, ninguna organización encargada de velar por la salud de la población mundial puede competir, porque el marketing voraz y gigantesco, crea entre las personas un consumismo difícil de erradicar y que los gobiernos tampoco están preocupados en combatir, debido a que se benefician del negocio.

El consumo de bebidas azucaradas en México ha tenido un incremento brutal, al crecer hasta en un 131 por ciento entre 1999 y 2013, con la posibilidad real de que los porcentajes vayan todavía más a la alza.

Esto porque las medidas que el gobierno ha implantado, como la restricción de anuncios de comida chatarra en los horarios infantiles de la televisión y la prohibición de vender esos productos en las escuelas, no son suficientes ante la vorágine publicitaria que nos venden “alimentos” sin ningún valor nutricional.

De los 47 mil millones de dólares que cada año gastan las empresas transnacionales en publicidad, la mitad de esa inversión está dirigida a los niños y como consecuencia de esto, los casos de obesidad y sobrepeso en la población infantil se está incrementando gravemente. 

Pero el problema no se circunscribe sólo a los graves daños que el consumo de comida chatarra produce en la salud de las personas, sino también al incremento de los presupuestos públicos para atender enfermedades que tienen su origen en el consumo de tales “alimentos”.

Las clínicas y hospitales están repletas de pacientes con problemas de diabetes, hipertensión arterial y todos aquellos padecimientos ocasionados por el sobrepeso y la obesidad, gastándose enormes cantidades de recursos económicos que podrían utilizarse para atender otro tipo de enfermedades.

Las empresas transnacionales contribuyen a seguir enfermando a millones de personas; los sistemas de salud, deben gastar más de lo que tienen; los niños cada vez están más obesos y con problemas de diabetes y los gobernantes sólo buscan paliativos que no solucionan el problema.

No olvidemos una cosa: los gobiernos no tienen la intención de acabar con la comida chatarra porque reciben millones de dólares vía los impuestos que pagan las compañías transnacionales, los sistemas de salud no tienen capacidad para atender enfermedades cuyo origen está en el consumo de alimentos chatarra y las medidas para inhibir el consumo son insuficientes.

Los padres de familia debemos entender de una vez por todas que si seguimos con la tendencia de “alimentar” a nuestros hijos con refrescos azucarados y fritangas llenas de grasas, seremos los principales culpables de que en pocos años, sufran graves consecuencias en su salud.

Hace unos 15 años, los casos de obesidad y sobrepeso infantil eran muy pocos, pero de esa fecha al presente, tales enfermedades se han convertido en un grave problema de salud que a corto plazo no podrá controlarse.

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