14 de Diciembre de 2017

Opinión

Una mano amiga

Tal parece que la apuesta es al tiempo, a la corta memoria histórica, al olvido, al invento de conflictos estériles que permitan poner en un segundo plano un peligro latente todos los días, a todas horas en nuestro camino.

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Tal parece que la apuesta es al tiempo, a la corta memoria histórica, al olvido, al invento de conflictos estériles que permitan poner en un segundo plano un peligro latente todos los días, a todas horas en nuestro camino.

Con el rescate de la imagen del Centro Histórico, nos anunciaron y prometieron aceras más amplias, más seguras, libres de obstáculos y de puestos de ambulantes, un proyecto diseñado para que los peatones locales y visitantes disfrutaran de la belleza arquitectónica de la capital yucateca.

Pero las promesas se han estrellado con la realidad, como se estrellan con el piso mujeres, hombres, niños y jóvenes todos los días. Dejemos para otro día el tema de los ambulantes que se adueñaron de esas banquetas de material prefabricado. Reflexionemos hoy en las bajadas especiales a la entrada y salida de estacionamientos y puertas de acceso a vehículos.

Esas bajadas tuvieron una buena intención: facilitar el paso de las sillas de ruedas, pero su rápido desgaste las convirtió en pequeños toboganes. Entre los cientos de resbalones, MILENIO NOVEDADES publicó en días pasados el caso de un joven que cayó en la calle 62 entre 65 y 67.

Por la magnitud del golpe no se pudo parar; requirió la ayuda de paramédicos porque el impacto se concentró en sus rodillas. Y mientras llegaba el apoyo, un niño de tres años resbaló ahí mismo y se aporreó la espalda.

En ese mismo punto, una enfermera jubilada del Issste se dio un sentón que motivó la carcajada de otros transeúntes pero las consecuencias no son motivo de risa: el impacto le movió dos discos del coxis y hoy está postrada en su hogar.

Ojalá los responsables de corregir ese problema asuman la misma postura de los ciudadanos que, en vez de carcajearse, corren a tender la mano al caído. 

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