20 de Octubre de 2018

Opinión

A una sola voz

El Festival de monólogos 'A una sola voz' celebra su decimosegunda emisión y recorre 11 estados con 7 obras.

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Hay proyectos que consolidan su razón de ser con el paso del tiempo, otros que agotan su esencia y  necesitan reformularse de vez en cuando. El arte es un proceso vivo y por ello todos los espacios que lo contienen deben revisarse continuamente para conocer y reconocer a fondo su aportación. No hablemos de resultados, en el arte es complejo hablar de ello, es mejor hablar de aportaciones y del sentido real que tienen los proyectos. El Festival de monólogos “A una sola voz” celebra su decimosegunda emisión y recorre 11 estados con 7 obras: “Trinidad Guevara”, “DHL”, “Kame Hame Ha”, “Algo sobre las leyes de gravitación universal”, “Más vale solas que mal acompañadas”, “Don Quijote, historias andantes” y “Cachorro de león”. Mi obra cierra el festival en todas las sedes, por eso soy testigo del resultado que mis compañeros dejan a su paso, de cómo este festival es un verdadero fenómeno digno de analizar y señalar, principalmente por su espíritu libre de competitividad. Los invitados debemos presentarnos con los recursos mínimos y con la conciencia de una gira con duración de tres semanas en la que se viaja un día y se da función al día siguiente hasta completar once funciones. 

La primera sede es Hermosillo, nos recibieron remolinos de polvo que sólo se abrieron con la sala llena y un público ávido por escuchar una nueva historia. Visualizo a mis compañeros como sembradores que han ido dejando semillas en cada sede, mismas que se abren al paso del que sigue, el espectador asiste a todas las funciones pues ha quedado enganchado con el poderío de Cecilia Cósero, el carisma de Luis Eduardo Yee, la poesía de Daniel de la O, la fuerza cabaretera de Luis Falcón y las tablas de Silvia Káter. Quienes siguen el festival comparten sus impresiones por cada obra y en ello entiendo que este festival debería ser replicado en el sur, que es digno de ampliar sus recursos y que más estados sean seducidos por una sola voz, la que convoca y manda: la voz del teatro. El Festival de monólogos a una sola voz es un relojito perfecto que avanza por el desierto, las llanuras, las carreteras, los teatros y los públicos que abarrotan las salas haciendo suyas las vivencias de los personajes. Nos despiden con un cálido: “Nos vemos el año que viene” y no es que esperen volver a vernos a nosotros específicamente,  es que el festival se ha convertido en una tradición. Mi felicitación a los organizadores de este proyecto, por hacerlo crecer y brindarnos experiencias en las que nuestro trabajo adquiere otra dimensión; como la flor en el desierto.

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