24 de Septiembre de 2018

Opinión

Vauban

“Lo barato sale caro”, reza conocido refrán. En más de una ocasión hemos experimentado lo cierto que resulta....

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“Lo barato sale caro”, reza conocido refrán. En más de una ocasión hemos experimentado lo cierto que resulta. Es tan difícil ganar un poco de dinero, sobre todo hacerlo de un modo honesto, que, a la hora de gastarlo, todos procuramos tener mucho cuidado, y así algunas veces nos dejamos llevar por la tentación de elegir la opción más barata siempre que compramos algo, sólo para descubrir muy pronto que, una vez más, nos hemos equivocado.

Esto sucede en todo tipo de productos y servicios, pero, como empresario de la construcción, sé que este sector industrial es uno de los más afectados por esta crisis de calidad en los productos y servicios, derivada de una excesiva, desordenada y dañina insistencia en bajar los precios a niveles insostenibles y a como dé lugar.

Y este no es un problema nuevo, viene sucediendo desde muchos siglos atrás. Sébastien Le Prestre, Marqués de Vauban, llamado comúnmente Vauban, quien nació en Saint-Léger-Vauban el 15 de mayo de 1633, pertenecía a una familia de la nobleza menor; en su juventud aprendió las bases matemáticas, científicas y de geometría que le permitirían obtener, a los 22 años de edad, el título de “ingénieur du roi” o ingeniero real, para después convertirse en el principal ingeniero militar de su tiempo, afamado por su habilidad en el diseño de fortificaciones y también en su conquista, hasta finalmente llegar a ser Mariscal de Francia. Durante su vida construyó 37 fortalezas y puertos militares, y mejoró las defensas y ciudadelas en más de 300 localidades. En todo ese tiempo, experimentó muchos problemas con los contratistas, que lo motivaron a escribir una carta a Losvois, ministro de la guerra de Luis XIV, el 17 de julio de 1683, en la que le señalaba:

“Hay algunos trabajos en los últimos años que no se han terminado, y que no se terminarán, y todo eso, Monseñor, por la confusión que causan las frecuentes rebajas que se hacen en sus obras, lo que no sirve más que para atraer como contratistas a los miserables, pillos o ignorantes, y ahuyentar a aquellos que son capaces de conducir una empresa. Yo digo más, y es que ellos retrasan y encarecen considerablemente las obras, porque esas rebajas y economías tan buscadas son imaginarias. Un contratista que pierde, hace lo mismo que un náufrago que se ahoga, agarrarse a todo lo que puede, y agarrarse todo; el oficio de éstos es no pagar a los suministradores, dar salarios bajos, tener peores obreros, no pagar impuestos, engañar sobre todas las cosas y siempre pedir misericordia contra esto y aquello.

“Y de ahí bastante, Monseñor, para hacerle ver la imperfección de esa conducta, abandónela pues y, en nombre de Dios, restablezca la buena fe. Encargar las obras a un contratista que cumpla con su deber será siempre la solución más barata que podéis encontrar”.

Por eso, siempre digo que no existe nada más barato que lo que se hace bien y a la primera.

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