El verdadero amigo de Trump

El sentimiento que siembra el millonario estadounidense es que la hegemonía americana debe imponerse no sólo militarmente sino con un nacionalismo total.

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El fenómeno Trump ha sorprendido a todos,  no sólo por su poco ortodoxo perfil elitista y rico que a las masas no les gusta, sino porque sus propuestas no van hacia errores internos sino al débil trato de su gobierno con el mundo.

El sentimiento que siembra Trump es que la hegemonía americana debe imponerse no sólo militarmente sino con un nacionalismo total. En el fondo parece un tirano y sus detractores lo comparan con Hitler, pero la gente lo compra por una razón que se repite una y otra vez: la promesa de un cambio drástico.

En ocasiones los cambios deben ser tan temerarios que sólo los liderazgos fuertes y atrevidos logran hacerlos; estamos hablando de Gorbachov, Gandhi o Stalin, personalidades que pudieron establecer puntos de inflexión en sus sociedades  a todas luces agotadas y cambiaron la dinámica económica y social de sus países.

En el mismo Estados Unidos los cambios no son nuevos; Theodore Roosevelt rompió los monopolios sagrados de petróleo, electricidad y ferrocarriles, el gobierno se bañó de un cariz social y regulatorio. Thatcher y Reagan de nuevo rompieron con el control estatal de la economía y vendieron empresas y la dejaron al libre mercado. La primera llamada de esa libertad abusiva e irrestricta fue la crisis financiera mundial en 2008.

Esta se generó porque el gobierno de Estados Unidos y las calificadoras de crédito no se dieron cuenta de que el mercado inmobiliario estaba soportado por créditos con insolvencia y falta de liquidez de sus clientes. Simplemente los bancos andaban demasiado libres.

Trump le echa la culpa del doble turno de trabajo de las familias americanas no sólo al gobierno débil, sino a los mexicanos que cruzan el río en la frontera sur de EU para buscar empleos mal pagados y sobreexplotados.

El verdadero amigo de Trump nació en el 2001, cuando la Organización Mundial de Comercio invitó a China, promovido por los grandes consorcios industriales, para aprovechar el trabajo esclavo sin seguridad social, con materias primas baratas y falta de regulaciones ambientales típicas de los países comunistas.

Con productos más baratos los consorcios se enriquecieron, miles de industrias americanas cerraron y hoy Trump cosecha el resentimiento de las grandes clases medias sin trabajo por China y busca un chivo expiatorio que es México.

La promesa del TLC se la llevó China y el voto de castigo, único que puede cortar y terminar la globalización, se llama Trump. Lástima de su odio a México, hoy su mejor amigo es China, pero si gana la presidencia será su verdadero enemigo.

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