21 de Septiembre de 2018

Opinión

Vuelvan, vuelvan...

Mérida se presta para ofrecer al pariente o visitante su calor y respiro con la brisa marina.

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Aprovechando este tiempo de tránsito espiritual, donde en singular circunstancia se entremezclan devoción y diversión, deseo comentar lo afortunado de recibir la entrañable presencia de familiares y amigos que aprovechan la Semana Mayor para visitarnos en Yucatán. 

Es muy emocionante comprobar que muchos de los que vienen de lejos por vez primera traen ya una idea preconcebida de la belleza y el verdor de la ciudad, la deliciosa comida, la hospitalidad sin par de los habitantes y el ambiente de seguridad que distingue esta región. 

Desde la recepción y los primeros consejos relativos al recomendable uso de gorra o sombrero, bloqueador solar y manga larga, se crea una especie de complicidad debidamente redondeada al abrir las primeras cervezas y disfrutar el fresco de la terraza. 

Donde el tiempo transcurre a su antojo, Mérida se presta para ofrecer al pariente su calor y respiro con la brisa marina. 

Después de los papadzules, panuchos, salbutes y guisos nativos, sigue, desplazando la sobremesa, la irresistible oferta de “patear la pared” cómodamente mecido en  una hamaca de crochet. 

Difícilmente alguno se resiste a flotar la sabrosa digestión en esa maravillosa nube de cordeles. Por eso es menester explicar la postura adecuada para lograr el reposo prometido.

En la noche, las amplias posibilidades son visitar amigos, disfrutar una película documental en la Casa de la Cultura La 68, las galerías de arte en Santiago, una champola en la Sorbetería Colón y después caminar por el Paseo Montejo. 

Durante el día conocer las playas y almorzar un ceviche de caracol con camarón. Tomar camino  rumbo a Ticul y recorrer las haciendas Santa Rosa, Temozón Sur o aprovechando la cercanía gozar de Chichén Itzá y el cenote Ik kil. 

Y no obstante tanta complacencia y continuos halagos producto del asombro de nuestros seres queridos, llegado el momento somos testigos de su  exagerado reclamo al excesivo calor, los despiadados moscos y algunas exageraciones sutiles que personas con delicada sensibilidad comentan y perciben en nuestro ambiente. 

Por eso, cuando llega el momento de volver a su tierra, de manera comprensiva los despedimos, sonrientes, agitando el brazo en alto, en tanto, en nuestro interior alimentamos el íntimo deseo que, si regresan, sea exclusivamente a vacacionar.

¡Vaya biem!

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