19 de Octubre de 2018

Quintana Roo

De Cancún al Kilimanjaro III

Dos mundos colindantes, pero totalmente distintos: las despobladas faldas de la montaña y la plenitud de vida en la planicie del Serengeti.

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Por Fernando Martí

Sobre la línea imaginaria llamada Ecuador, que parte por mitades el globo terráqueo, los rayos del sol apuntan en línea recta todo el año. El efecto práctico es que los días son casi iguales a las noches, doce horas cada uno. Y doce horas son una noche eterna, sobre todo si te duermes temprano para reponer las energías pérdidas.

Mucho antes del amanecer, las lámparas de campaña y las luces de minero empiezan a refulgir dentro de las tiendas, y en la quietud del bosque se perciben las conversaciones apagadas de los madrugadores. Poco a poco, con los primeros signos del alba, termo de té caliente en la mano, los caminantes salen de sus refugios.

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Una niebla matinal rodea el campamento. Aunque no es tan espesa como la de Londorosi Gate, ayuda a mantener baja la temperatura. El termómetro marca 6º C. La visibilidad será de 50 o 60 metros. La humedad es altísima: el bosque está empapado. En los pliegues de las tiendas de campaña se han formado bolsas de agua con el rocío matinal. 

Esta húmeda mañana hago plática con Ronald, un bigotón canoso y regordete de California, ya retirado, con 66 años a cuestas. Me cuenta que no durmió bien, incómodo en la bolsa de dormir, incapaz de acomodarse en el duro suelo. Además, está cansado. Antes de llegar aquí, con su mujer, hizo una visita de diez días al Serengeti, que incluyó safaris a pie y en bicicleta. Trae su cámara en la mano y aprovecha para enseñarme algunas tomas: cebras, jirafas, elefantes, leones. Viene fascinado por la experiencia, pero no sabe si este paseo por la montaña será demasiado, sobre todo para su esposa, que no tiene muy buena condición física. Por suerte, me dice, su guía le aseguró que las restantes jornadas… ¡no serán más duras que la primera!

O los guías del Kilimanjaro son unos mentirosos, o yo leí las páginas equivocadas de internet, pues todas coincidían en que esta montaña exige fortaleza, sobre todo de la cabeza. Las dudas de Ronald son fundadas: no parece un personaje preparado para llegar arriba. Pero él no leyó internet: simplemente, aceptó la sugerencia de su agente de viajes, el Serengeti más el Kilimanjaro, para darle más contenido a su primera tour africana. 

Pasadas las siete de la mañana, los primeros grupos inician la marcha. La política del parque nacional es estricta y se sintetiza en una frase, no dejar rastro (leave no trace), lo cual significa que los excursionistas tienen que llevarse todo, incluida la basura, que está prohibidísimo enterrar. Tampoco está permitido encender fogatas, o derribar árboles, o cortar ramas, o recolectar plantas, o recoger rocas, y mucho menos cazar. La política de conservación y la visión a largo plazo son notables. Así que los equipos tardan en volver el terreno a su apariencia virgen y no pueden partir hasta que el guardia forestal da el visto bueno.

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Nosotros salimos minutos después de las ocho. Al poco empieza a llover, sin fuerza: gotas gruesas, intermitentes, que exigen portar los aparatosos impermeables. La neblina se expande y se encoge: a veces se pueden ver unos 200 metros a la redonda, a veces menos de 50. El bosque tropical, imponente, cuajado de árboles centenarios, repleto de arbustos y plantas colgantes, tiene un aspecto fantasmagórico. 

La vegetación cambia a medida que ascendemos. En forma gradual, arbustos de hojas cortas, más resistentes al frío, empiezan a surgir entre la exuberancia tropical. Los árboles cónicos, sobre todo abetos (el clásico pino navideño), compiten por un lugar en el paisaje. La senda es rocosa, exigente con los tobillos, pero no fatigosa. Subimos colinas, bajamos colinas, atravesamos cauces secos, tomamos un respiro cada par de kilómetros.

Tras cuatro horas de marcha, cerca del mediodía, el cielo empieza a abrir. La capa de nubes se adelgaza, y al final, se rasga aquí y allá, dejando ver jirones de cielo azul. No llega a despejarse por completo, pero cuando arribamos al siguiente campamento, Shira I, hay suficiente claridad para apreciar un macizo rocoso del tamaño de una catedral, que los lugareños denominan, sin mucha imaginación, La catedral. El gozo no dura mucho: el cielo se torna gris, la neblina desciende, el frío y el viento calan. Shira I es otro descampado, en la ladera de un cerro, desde donde se supone se ve la montaña (pero hoy no se ve nada). Así que el ritual nocturno es idéntico al de la víspera: una sopa caliente y a dormir.  En resumen, otra jornada frustrante: mucho que caminar, poco que ver, nada que decir.

Tanzania es un paraíso turístico.
Tiene de todo: playas turquesa, bosques tropicales, selvas exóticas, altas montañas, culturas autóctonas (la más famosa, los masai), tradiciones ancestrales, ciudades magnéticas. 

Su marca más famosa no es Kilimanjaro (aunque va en camino), sino una dilatada sabana, pletórica de fauna salvaje, situada en la frontera Norte del país: el Serengeti. Aunque no muy grande, con apenas 15 mil km2 de extensión (la tercera parte de Quintana Roo), ahí se verifica una suerte de experimento vanguardista, pues en esto de conservar parques los tanzanos se la toman a pecho.

Para empezar, por ley, en el Serengeti no vive nadie (salvo en los hoteles). Las poblaciones que se asentaban dentro de los límites del parque, la mayoría de tribus masai, fueron removidas a otra área protegida, el cráter de Ngorongoro (1940). La misma política se volvió a aplicar en los años 90, cuando se decidió ampliar el área del parque: las comunidades humanas fueron desplazadas. Eso las autoridades lo tienen muy claro: el Serengeti es para las bestias salvajes.

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Está prohibido construir casi cualquier cosa, incluidas las carreteras. La pradera está surcada por cientos de veredas, pero todas de terracería. Los escasos edificios solo albergan edificios públicos: las torres de control de las aeropistas (que también tienen pistas de tierra), un par de dispensarios médicos, las casetas de los guardias forestales. Algunos tanzanos influyentes (y también algunos europeos del pasado colonial), han obtenido permisos para levantar hoteles removibles, algunos de los cuales se desplazan por la sabana, siguiendo a los animales. Otros, aún más influyentes, han conseguido permisos para edificar cabañas y hoteles fijos, autorizaciones que han sido muy controversiales. 

Y es que la magia del Serengeti puede resumirse en una palabra: la migración. En esencia, un gigantesco rebaño de millón y medio de ñus, un millón de gacelas, más de 750 mil cebras, decenas de miles de antílopes, búfalos e impalas, y los ahora muy escasos rinocerontes, se desplaza con un movimiento pendular por la pradera, siguiendo el ciclo de las lluvias, y en consecuencia, de los pastos. A finales de mayo, cuando empieza a escasear el alimento, de sur a norte. En noviembre, de norte a sur. En su camino, atraviesan territorios poblados por otros herbívoros que migran menos, porque no dependen estrictamente de los pastos: elefantes, jirafas, monos de todo tipo, avestruces, hipopótamos. Y también se tropiezan con depredadores que nunca migran y esperan, muy impacientes, el paso de los rebaños para darse un festín: leones, leopardos, chitas, y una cauda siempre hambrienta de carroñeros, como zopilotes, chacales y hienas.

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El momento más cinematográfico del recorrido tiene lugar cuando el rebaño se ve forzado, por hambre, a cruzar los grandes ríos que atraviesan la llanura, cuyas márgenes están infestadas de cocodrilos. El instinto los obliga a saltar al agua: unos pocos caen presa de las fauces de los saurios, pero cientos y miles alcanzan la orilla opuesta para perpetuar el ciclo de la vida.

Ese espectáculo es altamente apreciado en el mundo turístico, y con razón. Visitar el Serengeti es una excursión imprescindible para los trotamundos experimentados, y los precios están acordes con esa demanda. Las excursiones más baratas rondan los 400 dólares diarios por persona, en ocupación doble (tiendas de campaña), tres alimentos incluidos (sin alcohol), y un Land Rover para perseguir la manada, pero hay paquetes de lujo que pueden costar 5 mil dólares por día (con viaje en globo, champaña a discreción y un ejército de esclavos a tu servicio).

Alrededor de 300 mil turistas acceden cada año al parque, que tiene una oferta total de alojamiento de dos mil camas (y una ocupación cercana al 100%, porque los campamentos móviles sólo operan unas cuantas semanas al año). Ese flujo le reporta al gobierno una buena cantidad de líquido, pues el ingreso al parque tiene un costo de 70 dólares diarios. En resumen, Tanzania ha logrado desarrollar aquí un turismo ecológico, responsable y muy lucrativo, que sirvió de modelo de gestión de otros parques africanos.

La otra cara de la moneda es el efecto sobre la población local. En el Serengeti está prohibido cazar y pescar, y la veda también aplica a los animales que salen del parque (lo que sucede todo el tiempo, pues no hay cercas que los detengan). Los infractores son arrestados y deben pagar multas abultadas, aparte de sufrir el decomiso del arma. Renglón aparte, el gobierno administra algunos cotos de caza (para diversión de los cazadores internacionales, incluidos algunos mexicanos), pero ese pasatiempo registra tarifas tan ofensivas como astronómicas (el permiso Premium permite abatir un león, un leopardo, tres búfalos y un antílope de cada especie por 89 mil dólares).

Esas reglas no dejan de ser paradójicas en un país que tiene un ingreso per cápita de 1600 dólares y en donde las tres cuartas partes de la población se dedican a la agricultura de subsistencia. De acuerdo a la FAO, la tercera parte de los tanzanos hace una comida al día, compuesta básicamente de yuca, maíz, sorgo y chícharos, y la desnutrición crónica está en la lista de problemas de salud pública. Vedada por la ley su única posibilidad de ingerir proteínas, lo único que les queda es contemplar las manadas que fueron parte de su alimento durante siglos (se entiende que de repente se animen a desafiar la ley). 

Pero el gobierno lo tiene muy claro: el rebaño es para los leones (y para los turistas).                        

Continuará.

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