18 de Septiembre de 2018

Opinión

Doble moral y prohibiciones

Miente la Secretaría de Salud cuando dice abogar por nuestra integridad cuando permite, que los cigarrillos contengan plomo, talio, cadmio y arsénico, entre otros metales pesados de alta toxicidad comprobada.

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Parece estar predeterminado en la conciencia del mexicano que las instancias oficiales responsables de garantizar la salud de la comunidad harán los esfuerzos pertinentes para impedir el consumo de alimentos y productos que puedan deteriorar el organismo humano.

Voces escandalizadas señalan, en el mejor interés de la patria, las disposiciones amparadas en leyes y reglamentos propuestos por papá gobierno para evitar la autodestrucción de los imberbes ciudadanos. Considerados infantes; considerados inferiores.  

Pero sorprende un discurso tan llano y tonto. Sorprende, porque parte de un principio falso cuando la legislación se hace de la vista gorda y permite la adición de cafeína en los refrescos carbonatados que beben los niños mexicanos, la adición −por razones cosméticas− de nitritos y nitratos en jamones y carnes animales procesadas. Gramíneas utilizadas para la producción de tortillas que pueden contener cantidades tóxicas de micotoxinas.

Miente la Secretaría de Salud cuando dice abogar por nuestra integridad cuando permite, sin asomo de moral alguna, que los cigarrillos contengan plomo, talio, cadmio y arsénico, entre otros metales pesados de alta toxicidad comprobada. Casi la mitad del alcohol que se vende en México está adulterado, la mayoría de los casos, con metanol.

Sería ocioso discutir las razones morales que sustentan las autoridades para consentir estas sustancias. Las segmentos del cigarro, refrescos embotellados, alcoholera y otros más representan una variable indiscutible en los ingresos fiscales del gobierno. Pero es de cobardes y doble moral gritar a los cuatro vientos que el gobierno mexicano se interesa por la salud de la población mientras acepta, con toda complacencia, que dichas industrias impongan condiciones para permitir esos venenos.

Es cierto que el usuario ha sido informado y estaría en sus manos la decisión de dejar de adquirir productos que atentan contra su organismo, pero la publicidad y mercadotecnia invierten exorbitantes sumas para atraer nuevos consumidores. La doble moral conservadora gusta de esconder la cabeza dentro de un hueco para fingir que no sucede nada extraño y prevalezca el statu quo. Hablando claramente,  sin caretas, podemos ver que bailan al son del pandero que las empresas monopólicas imponen.

¡Vaya biem!

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